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Miércoles 3 de septiembre 2014
Tertuliano PDF Imprimir Correo electrónico
Eucaristía - Autores eucarísticos
Escrito por B. Savir   
Situación de la Iglesia

El siglo II fue para el cristianismo una época difícil; pero en él logró sentar las bases como institución y sistema de creencias, que alcanzaron su fortalecimiento en el siglo III. De esta manera, el cristianismo pasa de ser «secta religiosa» a Iglesia universal. Sin embargo, fueron muchas las interpretaciones del Evangelio que se hicieron en el siglo II: herejías como el gnosticismo, marcionismo y montanismo, produciendo crisis en el pensamiento cristiano.

Hemos de considerar que el cristianismo, como movimiento social y religioso, se desarrolla en una sociedad y en un marco político determinado, como siempre ha ocurrido a través de los siglos. Así pues, la historia del cristianismo antiguo es la historia de una institución cuyo crecimiento y desarrollo se explica en el marco de la sociedad helenística-romana de los primeros siglos de nuestra era.

Tertuliano

Una gran figura de este tiempo es Quinto Septimio Florencio Tertuliano, que no entra dentro de los Santos Doctores de la Iglesia; pero es digno mencionarle por ser el creador del lenguaje teológico latino y un gran apologista. Por san Jerónimo[1] sabemos que fue ordenado sacerdote, y durante gran parte de su vida luchó a favor de la Iglesia Católica, combatiendo la idolatría[2] y la herejía, siendo gran defensor de la verdad. Parece que lo que más influyó en su conversión fue el testimonio de heroísmo de los cristianos durante las persecuciones, y en uno de sus escritos dice:

 

"Todo el mundo, ante la constancia tan prodigiosa, se siente como sobrecogido por una inquietud y desea ardientemente averiguar su causas; en cuanto descubre la verdad, la abraza inmediatamente"[3].

Finalmente, hacia el año 213 rompe completamente con la Iglesia y pasa a tomar parte de la secta de los "mon­tanistas", a la cual reformó, y de la que surgió la llamada "tertulianistas". Su intransigencia se mostró entonces con más crudeza en escritos nor­mativos, polémicos o doctrinales. Sus obras son muy numerosas, principalmente en el período anterior a su ruptura con la Iglesia.

Nació en Cartago, hacia el año 155 de familia pagana. Recibió una gran formación en el latín y en el griego, en la filosofía, en la medicina y en derecho durante su estancia en Roma, donde llevó una vida muy agitada. Hacia el año 195 regresó a su patria, no sin que antes se hubiera producido en él un gran cambio por su conversión al cristianismo. La educación literaria y retórica griega y latina recibida antes de su conversión y la práctica fo­rense dejaron visibles huellas sobre sus intrin­cadas argumentaciones jurídicas y sobre el estilo de su obra más notable: Apologeticum, en la que rebate las acusaciones dirigidas por los paganos a los cristianos. Su índole fogosa le hizo el campeón de una lucha implacable con­tra todas las herejías (en la obra De praescriptione haereticorum se niega la posibilidad de interpretación de las Escrituras a quien no sea portavoz autorizado y cualificado de la Iglesia) y de una fa­nática exaltación del cristianismo ortodoxo, que, desde sus dos libros de Ad nationes (hacia el 197), se sitúa con vehemencia más allá de toda tentativa de compromiso y en un estilo impetuoso, caracterizado por una lengua cargada de imá­genes y antítesis, no exenta del brillante juego verbal. Reviste particular interés su fiera invectiva contra el teatro contenida en el De specta­culis. Se desconoce el año de su fallecimiento, pero parece que debió ocurrir después del año 200.

 

Sus obras

 

Jurídicas. Son muy numerosas sus obras: "Corpus Trecense" es probablemente la más antigua; en 1916 fue descubierta: "Codex Trecensis". Contiene cinco tratados más o menos completos: "Adversus Iudaeus, De carne Christi, De carnis resurrectione, De baptismo, De paenitentia.

Del "Corpus Masburense" nos han llegado copias más recientes que del anterior. En esta colección contenía doce tratados: "De carnis resurrectione, De paescriptione haereticorum, De monogamia, De testimonio animae, De anima, De spectaculis, De bautismo, Scorpiace, De idolatria, De pudicitia, De ieiunio, De oratione.

El "Copus Agobardinum, conservado en el "Codex Agobardinus" comprendía veintiuna obras; pero nos han llegado trece, gracias a la colección del arzobispo Agobardo de Lyón (814-840): "Ad naciones, De praescriptiones haereticorum, Scorpiace, testimonio animae, De corona, De spectaculis, De idolatria, De anima, De oratione, De cultu feminarum, Ad uxorem, De exhotationes castitatis, De carni Christi", algunos de ellos incompletos.

El "Corpus Cluniacense" fue compuesto, al parecer, en España en el siglo VI, comprendiendo veintisiete tratados, que vamos a omitir relacionar para no extendernos demasiado.

Hay un quinto "Corpus" desconocido hasta mediados del siglo XX, descubierto en un manuscrito de la Biblioteca Vaticana por el filólogo sueco Gösta Claesson.

En sus escritos apologéticos, tenemos: "Ad naciones" dirigida a los paganos que atacaban a la Iglesia, "Apologeticum" es la obra más importante de Tertuliano, "De testimonio animae, Ad Scápula, Adversus Judaeos".

 

Tratados polémicos. "De praescriptione haereticorum, Adversus Marcionem, Adversus Hermogenem, Adversus Valenetinianos, De baptismo, De carne Christi, Scorpiace, De carne Christi, De resurrectione carnis, Adversus Praexean, De anima".

 

Obras sobre disciplina, moral y ascesis. De la época premontanista de Tertuliano, quedan los siguientes tratados: "Ad martyras, De spectaculis, De cultu feminarum, De oratione, De patientia, De paenitentia, Ad uxorem, De exhortatione castitatis, De monogamia, De virginibus velandis, De corona, De fuga in persecutione, De idolatria, De ieiunio adversus psychicos, De puditia, De pallio.

 

Son muy numerosas las obras de Tertuliano que se han perdido, principalmente las escritas en griego, entre la que se encuentra el "éxtasis" que san Jerónimo sitúa entre los escritos del periodo montanista en contra de la Iglesia.

 

A Tertuliano se le ha considerado como el fundador de la teología occidental y padre de la cristología. Estaba convencido de que la filosofía y la fe no tienen nada en común, como nos dice en "De praescriptione haereticorum 7", considerando que conocer la verdad corrompe a la Iglesia: "¡La verdad de los filósofos, la verdad de los cristianos!... ¿Qué semejanza tienen el filósofo y el cristiano? ¿el discípulo de Grecia y el del cielo? ¿el tratante de la fama, el negociador de la vida? ¿el que trabaja sólo en los dichos y el que en la obra? ¿el que destruye las cosas y el que las edifica? ¿entre el amigo del error y el enemigo de la mentira? ¿el que interpola y cercena la verdad y el que la conserva íntegra? ¿el que la hurta, y el que la custodia?. También se ocupa de la teología y el derecho; la regla de fe; la Trinidad; Cristología; Mariología; Eclesiología; Penitencia; Eucaristía; Escatología...

 

Es enormemente interesante la profundización de todos estos escritos; aunque de muchos sólo se conservan partes. Ciñéndonos al objetivo de esta Web, nos interesa escudriñar en su pensamiento sobre la Eucaristía; aunque tratara de ella de manera únicamente indicentalmente en sus largas discusiones entre teólogos que han recibido interpretaciones divergentes.

 

Cuando Tertuliano trata sobre la Eucaristía, afirma claramente la realidad de la presencia del cuerpo y de la sangre del Señor en ella, y principalmente, lo que más debate es que del verdadero cuerpo y de la verdadera sangre de Jesucristo contenidos en la Eucaristía, contra el gnóstico y doceta Marción, que el Salvador tomó en la encarnación verdadero cuerpo, en contra de lo que dijera Marción que lo tenía por fantasma:

 

"Por lo cual, por el sacramento del pan y del cáliz, ya hemos probado en el evangelio la verdad del cuerpo y la sangre del Señor en contra del fantasma [propugnado por] Marción"[4].

 

Aquí vemos, cómo Tertuliano introduce en el lenguaje eucarístico el término "sacramento" y en el texto que sigue, incluye el término "consagrar":

 

"Habiendo declarado, pues, que Él con grandes ansias había deseado comer la pascua, como suya, pues es indigno de que Dios desease algo ajeno, habiendo tomado pan y distribuido a los discípulos, lo hizo su cuerpo diciendo: Este es mi cuerpo, es decir, "figura de mi cuerpo". Pero no hubiera sido figura, si no fuera cuerpo verdadero. Por lo demás, una cosa vana como es un fantasma no podría contener la figura.

 

O si por esto al pan hizo su cuerpo, porque carecía de cuerpo verdadero, luego debió entrega por nosotros el pan. ¡Hacía, para la veracidad de Marción, que fuera crucificado el pan! ¿Por qué llama cuerpo suyo al pan y no más bien al melón que Marción tuvo en vez de corazón? No entendiendo que es antigua figura del cuerpo de Cristo, que dice Jeremías: Urdían tramas contra mí, diciendo: Venid, echemos una astilla en su pan" (Jer 11, 19), es decir, la cruz en su cuerpo. Así, pues, el que ilumina las antiguas figuras, al llamar al pan cuerpo suyo, declaró suficientemente qué quiso significar entonces el pan. Y así, en la conmemoración del cáliz, constituyendo el testimonio sellado con su sangre, confirmó la sustancia de su cuerpo. Porque la sangre no puede ser de cuerpo alguno que no sea de carne. Porque si alguna propiedad no carnal del cuerpo se nos opone, ciertamente si no es carnal no tendrá sangre. Y para que reconozcas la antigua figura de la sangre en el vino, Isaías dice: (63, 1-3))... Mucho más manifiestamente el Génesis, es la bendición de Judá, de cuya tribu habría de provenir el origen de la carne de Cristo, ya entonces bosquejaba a Cristo en Judá: Lavará, dijo, en vino su vestido, y en sangre de uvas su manto (49, 11); significando la estola y el manto la carne, y el vino la sangre. Así ahora consagró su sangre en el vino, el que entonces hizo vino figura de su sangre[5]". [6]

 

La misma afirmación de la consagración la encontramos en el siguiente texto:

 

"No nos es lícito, dudar de estos (nuestros cinco) sentidos, no vaya a ser que también se ponga en duda en Cristo su realidad; no sea que diga tal vez que vio falsamente a Satanás precipitado del cielo (L. 10, 18), o que falsamente oyó la voz del Padre dando testimonio de él (Mt 3, 17), o que después percibió otro olor del ungüento que aceptó para su sepultura (Mt 26, 7-12), otro sabor, después, del vino que consagró en memoria de su sangre"[7].

 

Tertuliano, también nos trasmite el nombre de "ágape", que encontramos en "Apologeticum c.39". Testifica a favor del carácter de sacrificio de la Eucaristía y su recepción no solo no rompe el ayuno, sino que aconseja que primero estén presentes ante el altar y participen del sacrificio:

 

"La mayoría piensa que no deben asistir a las oraciones sacrificiales los días de ayuno, con el pretexto de que romperían el ayuno si recibieran el cuerpo del Señor. ¿Es que la Eucaristía hace cesar el obsequio ofrecido a Dios o más bien se lo confirma? ¿No será más solemne tu estación (ayuno) si estás de pie junto al altar de Dios? Recibido el cuerpo del Señor y reservado, se salvan ambas cosa: participación del sacrificio y el cumplimiento del deber[8]."

 

Vemos que nos confirma cómo la reserva eucarística es muy antigua en la Iglesia. En Ad uxorem 2, 5,  se refiere a los fieles que, antes de tomar otra comida, participan del pan sagrado, y de estos textos se conoce que tomar la sagrada comunión particularmente en las casas era costumbre frecuente.

 

Tertuliano apoya toda la fuerza de la consagración en las palabras de la institución; "El pan de Cristo tomó y dio a sus discípulos, lo hizo su cuerpo (diciendo): "Este es mi cuerpo"[9]". Está tan convencido de la presencia real, que acusa a sus adversarios marcionistas de no ser lógicos, porque, por una parte, niegan la realidad del cuerpo crucificado de Cristo, y por otra continúan celebrando la Eucaristía.

 

 

 



[1] De vir. III. 53.

[2] De idolatria.

[3] Ad Scapulam 5.

[4] ML 2,489 A.

[5] ML 2,460.

[6] Con lo que demuestra la realidad del cuerpo y de la sangre eucarísticos.

[7] ML 2,676 C.

[8] De oratione, 19.

[9] Adversus Marcionem 4, 40.

 

Avisos

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